martes, 8 de noviembre de 2011

Y quién no ha escuchado a…


Richard Clayderman, famoso pianista francés y para muchos, motivo de inolvidables recuerdos que afloran con una canción. Desde niña, me ha gustado lo clásico y era infaltable tal artista. Mi mamá me contaba que vivía cerca de una casa en la cual un señor tocaba por las tardes el piano. Ella se detenía bajo la ventana y sentada se ponía a escuchar. Me parecía una bella historia e imaginé el momento y lugar. Recuerdo que un día anunciaron que vendría al Perú haciendo dos presentaciones, una en Lima y otra en Arequipa. Me emocioné bastante, justo para ese tiempo ya se estaban vendiendo las entradas para ver en vivo a los Black Eyed Peas. Creo que si me hubiesen vuelto a preguntar qué evento escoger, hubiera dicho la misma respuesta… prefiero pasar una magnífica noche escuchando las hermosas melodías de Richard Clayderman. Y así, con mi mamá esperamos hasta ese día; ya en la noche nos apresuramos en llegar pues tuvimos unos contratiempos.

La cola era larga y el local, a mi parecer, pequeño. Teníamos que pasar entre un gran tumulto de personas para poder entrar y esperar a una ayudante para que pudiera ubicarnos en nuestros asientos. Para nuestra buena suerte, había grandes pantallas a los costados del escenario que hacían el acercamiento al famoso pianista.  Y no era menos de esperarse pero fue grande mi sorpresa al notar que yo era uno de esos pequeños porcentajes que pertenecía al sector joven. La mayoría del público superaba los 30 años y vi a parejas de ancianos que se acompañaban para disfrutar del fantástico espectáculo. Algunos eran llevados por sus familiares y otros de mayor edad eran conducidos en silla de ruedas. Estuvimos sentadas un poco más atrás de la mitad ya que las entradas eran caras; sin embargo no hubo mucha diferencia porque se podía apreciar bien por la ventaja del pequeño lugar.

Me adelantaré hasta la parte en la que “juega” con el piano. Desde la pantalla pude observar con qué facilidad y gracia tocaba, también con mucho esfuerzo porque ya era un señor que superaba los 60 años… y aunque su inglés era bueno, su voz un tanto aguda mezclada con el acento de otro idioma, lo hacía sonar cómico. A mitad de las melodías tristes, vi a las personas llorar en silencio, me pregunté muchas veces… ¿de qué lloraban? ¿Por sus recuerdos?¿Una persona que ya no los acompaña?¿La muerte de un ser querido? O simplemente no podían contener las lágrimas al escuchar algo tan triste y delicado. Confieso que la última me pasó a mí… mi mamá quien estaba a mi costado también. Fue una experiencia que recordaré siempre, algo mágico y especial. Y es como ella me dijo una vez: es uno de los mejores regalos que tu papá nos pudo dar. 





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